Este blog es para el desahogo de un ciudadano que está cansado de que nos cuelen tantos engaños a casi todo el mundo. El único consuelo que me queda por ejercer es el de decir en voz alta "A MI NO ME ENGAÑAN".




Ya está disponible el ensayo
"Las Falacias que nos rodean", de distribución libre y gratuita.

jueves, 4 de mayo de 2017

Sobre trabajar gratis para aprender


Esta trampa mental está muy extendida, y tengo especial interés en tratarla ampliamente para que quede clara, así que aviso que su análisis será largo. Y tengo interés porque encierra una gran parte de verdad, y en cierto modo se puede decir que estoy de acuerdo con su enunciado. Con lo que no estoy de acuerdo es conque haya quienes se aprovechen de la parte de verdad que encierra, o la apliquen de manera interesada.

Comencemos por el principio. Pongamos que alguien ha terminado una carrera, o un curso de enseñanza profesional, o bien que no ha estudiado ninguna formación, sino que quiere ponerse a trabajar. En todos esos casos, esa persona necesita adquirir un conocimiento práctico, complementario del teórico que ya tenga, para ejercer su profesión con maestría. La mejor manera de adquirir ese conocimiento es comenzar a ejercerlo cuanto antes, lo mejor que se pueda. Es evidente que el trabajo que desarrollará será peor que el de alguien con experiencia.

La limpiadora tardará más en limpiar, el mecánico de coches más en cambiar los neumáticos, etc. Por ello, una hora del aprendiz vale menos que una hora del trabajador experto. Y aquí ya tenemos la primera puntualización a realizar. Esa hora vale menos, pero un valor sí que tiene.

Por prueba y error, se puede aprender, pero ese aprendizaje se acelera si el aprendiz, el novato, tiene alguien al lado con experiencia que enseña cómo se debe hacer el trabajo.

Cuanto antes aprenda el aprendiz, antes podrá empezar a cobrar más dinero, y eso se facilita si el aprendiz tiene al lado alguien con experiencia que le enseñe. Por lo tanto, esa formación que recibe, forma parte de la remuneración, tiene un valor, y habilita moralmente al empleador formador a pagar aún menos que ese menor valor que tiene el trabajo, pues parte de la remuneración es en especie, en formación. Hasta ahí de acuerdo.

Cuando se dice que, para aprender, hay que trabajar gratis, lo que se está asumiendo es que la productividad del aprendiz es mucho menor que la del experto, lo cual podemos llegar a aceptarlo, pero no sólo eso, sino que el valor de la formación que el experto es mayor que esa productividad, por lo que al detraer del sueldo del aprendiz, el valor de la formación, entraríamos en terreno neutro o negativo.

Esto es a todas luces imposible, salvo que se le otorgue un valor muy alto a la formación impartida por el experto.

Un aprendiz que trabaje seis horas al día, a las órdenes de un experto, va a estar trabajando cinco horas y media, o cinco y tres cuartos. El tiempo que el experto va a estar dando consejos, y revisando el trabajo para corregirlo rara vez va a superar la media hora al día. Trabajar gratis equivale a decir que media hora de formación vale tanto como cinco horas y media de trabajo de aprendiz. Que de acuerdo que vale menos que el del experto, pero oye, digo yo que algo valdrá, ¿no? ¿Tan poco vale el trabajo del aprendiz y tantísimo vale la hora del experto?

Quienes tratan de usar esta falacia lo que hacen es focalizar el beneficio en el aprendiz. Dicen “tú, aprendiz, obtienes un beneficio al aprender, ¿no? Pues entonces trabaja gratis”, y obvian el hecho de que el empleador, por mucho que sea experto y por mucho que enseñe, también obtiene un beneficio.

Para que esté justificado el trabajar gratis, la formación que esté recibiendo el trabajador debe ser muy valiosa, o debe tener acceso a maquinaria y herramientas que él, por sí mismo, no podría obtener. Pienso en manejar un radiotelescopio de la NASA, ser auxiliar de un cirujano capaz de hacer un trasplante simultáneo de pulmón y corazón, o recibir clases de teatro a las órdenes de un director que ha recibido dos Oscar o algo así. Que un chef, o mejor dicho, que un cocinero CUTRE Y SALCHICHERO, que se llama a sí mismo Chef, que en usa palabros como "deconstruir" y chorradas varias, con todo su autobombo y sus estrellas Michelin y sus pamplinas te diga como pelar las cebollas en juliana NO ENTRA en esa categoría de trabajo muy muy difícil y muy prestigioso. Esos lo que hacen es ESTAFAR a los becarios.

Trabajar limpiando escaleras seis horas al día para que, cuando he terminado, alguien experto me diga, en quince segundos “la mugre de los rincones no la has quitado bien, para que salga, ráspala el un cuchillo viejo que está en el carro” equivale a decir que seis horas de limpieza d alguien inexperto valen tanto como quince segundos de clases particulares. Eso es un disparate.

También hay casos en los que, por la naturaleza del trabajo, es muy poco probable aprender algo. Por ejemplo, casos de hacer encuestas mediante llamadas de teléfono, fotocopiando papeles, y cosas de ese tipo. Conozco gente con titulación universitaria que ha trabajado gratis haciendo encuestas por teléfono para aprender.

¿Para aprender qué? ¿A hablar? ¿A marcar números en un teléfono? ¿A sostener el teléfono sin que te aparezca una lesión en el hombro por malos hábitos posturales? (cosa que en el caso al que me refiero lo aprendió gracias a mí después de que dijera que estaba empezando a tener molestias, y no gracias al empleador, que no la formó ni siquiera en higiene postural)

En otras ocasiones, es cierto que sí hay cierta formación, pero es una formación con trampa, porque es una formación que sólo se puede aplicar en la empresa en la que estás trabajando. El aprender a manejar las aplicaciones internas, los procedimientos, el organigrama, es un aprendizaje, pero eso sólo es de aplicación en esa empresa, el trabajador nunca le podrá sacar partido en otra empresa, y por lo tanto, el valor de esa formación es nulo a efectos de remuneración.

Pero hay casos más extremos. Hay casos en los que el empleador no forma al aprendiz porque él tampoco sabe. Pero usa la muletilla “para aprender, hay que trabajar gratis”, saltándose las condiciones para que esa afirmación sea válida. Y hay más, hay casos en los que el empleador no sólo no sabe, sino que además espera que el aprendiz, en el futuro, cuando ya ha aprendido, enseñe al empleador. Ahí ya es totalmente injustificable el trabajar gratis. La secuencia del latrocinio paulatino es la siguiente:

1)       Trabaja gratis porque te voy a dar formación, y la formación es muy valiosa.

2)       Ahora que has aceptado el punto 1, te cambio de las reglas: No te doy formación, pero de todas formas sigue trabajando gratis, puesto que estamos en esa dinámica. No vamos a cambiarla, y menos precisamente ahora.

3)       Ahora que ya has aprendido, enséñame. Total enseñar es fácil y no cuesta ningún trabajo.

Nótese la contradicción que suponen los puntos 1 y 3. Ni que decir tiene que si no entras en la dinámica, te darán un calificativo despectivo. Si dices que no al punto 1, te dirán que eres un señorito que quiere comenzar directamente desde lo más alto. Si aceptas el 1, pero no el 2, te dirán que no tienes aguante. Y si dices que no en el 3, te dirán que eres un rencoroso.

¿Estoy animando entonces a la gente a no aspirar a aprender? ¿A conformarse con la ignorancia o la mediocridad?

No, nunca haría eso. Aprender es hermoso, y útil. Si quieres hacer algo, y necesitas aprender, aprende, y una buena manera puede ser hacerlo de la mano de quien sí sabe. Pero sólo si esa persona no se va a aprovechar de ti, y si el trato es razonable y justo. Es lógico cobrar menos cuando se está aprendiendo, y tanto menos cuanto más útil, importante y exclusivo sea lo que vas a aprender. Pero sólo si realmente te van a enseñar. Si tu aprendizaje no lo vas a obtener porque alguien te supervise y enseñe, sino como resultado de tu ensayo y error en el desempeño de la tarea, mejor que abandones esa empresa, y hagas ese mismo trabajo, pero en otro entorno donde nadie se aproveche de ti.

Una cosa es que para aprender pueda ser necesario trabajar gratis, y otra cosa es que sea necesario trabajar gratis para una empresa, y menos aún para la empresa en concreto que está tratando de convencerte.

Se puede aprender sin que nadie sinvergüenza se aproveche. Se puede aprender a limpiar colaborando con una ONG que atienda a ancianos sin familia que no pueden valerse por sí mismos. El estropajo y el detergente puedes comprarlo tú. Se puede aprender a redactar recursos para evitar desahucios colaborando con alguna ONG que paralice desahucios de ancianos sin formación. Se puede aprender a programar con un viejo PC en tu casa y una guía.

Y ahora hablemos de las implicaciones que esto tiene en los clientes. Hemos aceptado que, bajo ciertas condiciones, puede ser admisible que un trabajador cobre sustancialmente menos si está aprendiendo, pero las empresas rara vez hacen descuentos al cliente por que el trabajo lo está desarrollando un empleado que está aprendiendo. Un taller cuyos neumáticos los cambia el aprendiz no hace descuentos. Una empresa de limpieza cuya limpiadora está aprendiendo no hace descuentos. Y si el camarero de un bar es un aprendiz, tampoco hay descuentos en las tapas. Hay entonces una sustracción ilícita, pues el aprendiz cobra menos, pero el cliente final paga lo mismo. La diferencia se la queda el empresaurio. Y ahora que venga un empresaurio a decir que la plusvalía no existe”.

Por otra parte, si aceptamos el enunciado de la falacia, eso sería aplicable a todo el mundo, ¿no? Los actuales presidentes de empresas de telecomunicaciones, de bancos y eléctricas, nunca antes habían trabajado presidiendo empresas de telecomunicaciones, bancos o eléctricas, por lo que tendrían que trabajar gratis hasta aprender. Sin embargo, en estos casos no se aplica. En estos casos, lo que se emplea es lo que algunos llamamos la analogía de Pentecostés[1]. Es decir, cuando alguien es designado para un cargo castuzo, eso automáticamente le da todo el conocimiento necesario para la tarea. Alguien que nunca antes haya presidido nada, ni siquiera su comunidad de vecinos, si es nombrado presidente de una gran compañía eléctrica o de telecomunicaciones, por el mero nombramiento ya tiene todo el conocimiento necesario para hacer bien su labor. A menor nivel, si una persona castucita que no ha terminado la carrera es nombrada para supervisar la contratación de diez mil suministros o la concesión de cien millones en subvenciones, por el mero nombramiento, no necesitará aprender nada, ya lo sabe todo. No necesita aprender como el resto de los mortales. Si acaso, precisará algo de ayuda auxiliar de escaso valor.

Por último, decir que esta falacia se ve potenciada con su prima hermana “Es importante tener trabajo”. Como la gente piensa que “es importante tener trabajo”, pues voy a trabajar aunque sea gratis. De esa manera, al menos tengo trabajo. En esta afirmación hay una trampa. Lo que es importante no es tener trabajo, sino tener ingresos. Y una manera de tener ingresos, la más habitual de hecho, es tener trabajo. Es por eso que la afirmación real, “es importante tener ingresos” ha derivado en “es importante tener trabajo”, y que es la que se fomenta por parte de los aprovechados. Porque claro, si todo el mundo tuviera claro que “lo importante es tener ingresos” ya me diréis quién iba a trabajar gratis.



[1] El milagro de Pentecostés fue aquel en el que, según la tradición cristiana, el Espíritu Santo imbuyó el conocimiento de todas las lenguas vivas en los apóstoles para que divulgaran el cristianismo por todo el mundo.

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